INTELIGENCIA EMOCIONAL: UNA PROPUESTA METODOLÓGICA PARA LA EDUCACIÓN ARTÍSTICA

Autora: Paula Álvarez Sánchez

          La Educación Artística en la escuela, en especial la Plástica, supone un enorme cauce de expresión del yo interior del niño/a y, sin embargo, nos negamos a darle la importancia que tiene, debido a múltiples razones, como la  devaluada visión que se tiene de dicha área educativa, entendiéndola como una “María” que rellena el currículo, y, en muchos casos, no encontrando tiempo en el horario de la clase para desarrollarla.

          El arte, en todas sus caras o facetas, es un lenguaje de comunicación, pero, además, es la génesis de la conciencia, de lo  ético y lo estético. El propósito de enseñar a pensar es el de preparar a los alumnos para resolver problemas con eficacia, tomar decisiones bien meditadas y disfrutar de toda una vida de aprendizaje.

          El arte y su aprendizaje, orientado hacia la canalización de talentos y al desarrollo de la comunicación interior, permite al niño animar su vida emotiva, potenciar su inteligencia, guiar sus sentimientos y su gusto  estético, y, además, promover su desarrollo espiritual, consecuencia de  experiencias  cognitivas que preparan a los alumnos para la vida. También, desarrolla  habilidades como el análisis, la reflexión, el juicio crítico y, en general, lo que denominamos el pensamiento holístico. No se pretende pues hacer de los alumnos grandes artistas plásticos o músicos, sino grandes críticos y  libre pensadores que sean capaces de integrarse en la sociedad y hacer aportaciones  propias a la misma, pero, ante todo, que  sientan.

          Una metodología que permita encauzar las  capacidades del alumno  con éxito será la que logre encontrar un equilibrio entre lo emocional y lo racional. Yo apuesto por una metodología de la Educación Artística basada en la Inteligencia Emocional que dé alas al alumno para poder expresarse sin carencias emocionales  ni miedos.

          Pero ¿qué es la Inteligencia Emocional? El término Inteligencia Emocional (IE) aparece por primera vez en 1990, en un artículo publicado por Peter Salovey y John Mayer, definiéndose, en términos breves, como “la habilidad para percibir, asimilar, comprender y regular las propias emociones y las de los demás, promoviendo un crecimiento emocional e intelectual” (Mayer y Salovey, 1990, cit. en Extremera y Fernández Berrocal, Revista Iberoamericana de Educación, ISSN: 1681-5653). No obstante, el  término fue popularizado por Daniel Goleman, en su libro: Emotional Intelligence, publicado en 1995. Goleman cree que la Inteligencia Emocional se estructura en cinco capacidades: conocer las emociones y sentimientos propios, manejarlos, reconocerlos, crear la propia motivación y gestionar las relaciones.

           Educar basándose en la Inteligencia Emocional supone tratar de comportarnos de forma que nuestras actuaciones hagan hincapié en la importancia de los sentimientos y que nos ayuden a nosotros y a nuestros alumnos  a manejar toda una gama de emociones con cierto grado de autocontrol, en oposición a la actuación impulsiva o a dejarnos llevar por nuestros sentimientos sin ningún autocontrol. Son necesarias, pues, unas cualidades determinadas en el profesorado que afronte este tipo de metodología, como son: ser capaces de transmitir valores a sus alumnos, desarrollando sus habilidades emocionales y sociales, es decir, que  no sólo  posean los conocimientos necesarios para enseñar su área, sino también empatía; comprensión de los sentimientos de los demás, lo que implica respetar las diferencias que sus alumnos experimentan en cuanto a sus sentimientos; deben poder enfrentar los conflictos de forma tranquila y justa y,  además, su forma de relacionarse  debe ser   positiva y no parecer estar enfadado o pasivo frente a los alumnos. Como vemos, la educación emocionalmente inteligente es, en realidad, la suma total de cuanto hacemos día a día, aunque sea nimio, pero que puede crear un equilibrio más sano en las aulas  y en las relaciones con nuestros alumnos.

           Según Jeanett Cordero, el educador debe seguir algunas de las siguientes estrategias sugeridas para lograr sus objetivos, climas y ambientes creativos: películas, música, diálogos analógicos,  textos poéticos o literarios cargados de sentimiento, fábulas, dramatizaciones, historias de vida o relatos, diarios de clase, la utilización didáctica del humor, del error, del azar, crear recursos plásticos fruto de la expresión de un determinado sentimiento o analizar obras plástico-artísticas.

           Además, podemos partir de objetivos tales como:

-         Explorar sensorialmente el entorno.

-         Desarrollar la creatividad a través de las técnicas plásticas y musicales.

-         Expresar sentimientos y emociones a través de la obra artística.

           En cuanto a actividades artísticas a través de las que llegaremos al desarrollo emocional podemos destacar, entre otras:

-         Elaborar composiciones artísticas basadas en un sentimiento.

-         Ejercitar la observación del entorno.

-         Contemplar e interpretar emocionalmente obras artísticas.

-         El juego como puente de expresión emocional.

           No obstante, de manera casi invisible, la práctica docente de cualquier profesor implica actividades en las que también se desarrolla la Inteligencia Emocional, como (Abarca, Marzo y Sala, 2002; Vallés y Vallés, 2003):

-        La estimulación afectiva y la expresión regulada de los sentimientos positivos y, más difícil aún, de las emociones negativas (ira, envidia, celos…)

-        La creación de ambientes (tareas escolares, dinámicas de trabajo en grupo…) que desarrollan las capacidades socio-emocionales y la solución de conflictos interpersonales.

-         La exposición a experiencias que puedan resolverse mediante estrategias emocionales.

-         La enseñanza de habilidades empáticas, mostrando a los alumnos cómo prestar atención y saber escuchar y comprender los puntos de vista de los demás.

             Tanto los recursos como las estrategias serán tan abundantes como lo sea la creatividad del educador y, para ello, la Educación Artística es el mejor semillero emocional.

           Como conclusión a todo lo expuesto, hay que señalar que la puesta en práctica del trabajo emocionalmente inteligente implica compromiso metodológico, pedagógico y personal por parte del docente, aunque obtendrá, a cambio, la franqueza de la emotividad de alumnos sensibles, críticos y con capacidades creativas para afrontar positivamente su incorporación a la vida en sociedad, lo cual, según la LOE 2/2006, de 3 de Mayo, es uno de los objetivos de la educación.

 

Bibliografía y Fuentes consultadas

-          Extremera, N. y Fernández-Berrocal, P., “La importancia de desarrollar la inteligencia emocional”, Revista Iberoamericana de Educación, ISSN: 1681-5653.

-          Pena, M y Repetto, E., “Estado de la investigación en España sobre la Inteligencia emocional en el ámbito educativo.” Revista Electrónica de investigaciones Psicoeducativa, 2008, vol.6, nº 15, pp.400-420.

-          Goleman, D., Emotional Intelligence: Why It Can Matter More Than IQ, Bantam Books, 1996.

 


 

 

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